Dedicado a todos aquellos que tienen un deseo que compartir.
Mientras paseaba por el bosque al amanecer, el hada azul encontró una botella de cristal.
Quitó el tapón de corcho para ver qué había dentro y entonces salió de ella un duendecillo de grandes orejas vestido con un traje de hojas de olmo.
"Hola hadita", le dijo el duendecillo.
"¡Hola!, ¿quién eres tú?, ¿qué hacías dentro de esta botella?", le contestó el hada.
Entonces le explicó que una bruja muy mala le había hechizado hacía muchos muchos años porque tenía envidia de su arte para la música y el baile. El maleficio era permanecer encerrado en aquella vasija hasta que algún ser mágico le liberase.
El duende estaba tan feliz que le concedió al hada azul siete deseos, todos los que podía conceder de una sola vez con su pequeña magia de gnomo.
El hada, loca de contenta, le dijo: "estos son mis deseos: que el mar siempre sea azul, que el sol siempre me bañe con su calor, que la luna me proteja cada noche con su influjo, que los olmos plateados del bosque nunca dejen de abanicarme para que no sienta el calor del verano, poder escuchar el agua del arroyo por muy lejos que me encuentre de él y, por último, sentir eternamente el aroma de las flores blancas de la montaña impregnado en mis alas".
"Pero sólo me has pedido seis deseos, y yo te concedí siete", dijo el duende.
"Sí, ya lo se, pero mi último deseo quiero echarlo al viento para que llegue hasta una estrella fugaz. Así podrá llegar a quién más lo necesite"...
Una noche de luna vi una estrella fugaz. Me guiño un ojo para que le pidiese un deseo, pero no lo hice. Así, le pedí que volase rauda hasta tu pedazo de cielo y así se lo puedas pedir tú. Mi deseo cada noche es que se cumplan todos los tuyos, todos los que habitan en tus sueños.
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