Una fría noche, negra sin luna, mi pequeño barco se perdió en la inmensidad de la mar. Después de naufragar durante horas a la deriva, a lo lejos divisé un faro resplandeciente de luz azul de luciérnaga.
Cuando me aproximé hasta aquel halo de destellos me di cuenta que, detrás, en medio del mar, había una ciudad que parecía emerger de la nada. Atrás sólo se divisaba un horizonte infinito que llegaba hasta el final de mi pequeño mundo de los cuentos.
Atraqué mi barquito en el malecón y paseé durante horas por aquella ciudad de casas de sal y jardines que algas que olía a flores de azar y de jazmín. Finalmente me eché a dormir a la rivera de un arroyo que cruzaba la villa, hasta que me sorprendió el amanecer.
Entonces las seres que moraban en la ciudad habían salido ya de sus casas. Había hombres, mujeres, duendes, elfos, hadas, ninfas, brujas... y todos convivían felices y en paz.
Fue cuando me di cuenta que aquella era La tierra de los simples. Aquella de la que hablaba esa vieja canción. Y no salió de la mente de aquel poeta sólo para morar en sus palabras, sino que existía de verdad.
Fueron muchos los que llegaron hasta allí y se quedaron por siempre para que aquel maravilloso lugar existiese eternamente.
Yo una vez quise encontrar este lugar y me perdí. Y mi barco después me llevó allí. Pero hasta mucho tiempo después no me di cuenta de que el hada mágica que reinaba en La tierra de los simples me guió con sus cantos de sirena para que desde aquella noche nunca más volviese a naufragar.
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