Una noche oscura de primavera, Ngame salió a pasear al bosque. Su amor estaba tan lejos y a la vez tan cerca que se sentía triste en su gran cama de nubes y no podía dormir. Por eso decidió salir a ver a sus amigas las estrellas.
Pero el cielo estaba tan negro como las panteras que viven en la selva de fuego. Tan sólo el hilillo rojo que es la frontera del horizonte iluminaba ligeramente el camino. Y no se podía ver ninguna estrella.
Y entonces tuvo miedo. Porque aquella oscuridad le helaba el alma y le escarchaba el corazón. Y buscó abrigo en el cobijo del único rayo de luna que se dejaba asomar entre la negritud de aquel cielo tenebroso. Y así se dejo arropar por la leveldad de su calor.
Y su calor se tornó en un hechizo de luna blanca que rompió el cielo, y la noche se iluminó porque una estrella fugaz que venía del sur de las montañas nevadas le trajo un halo de luz de su amor. Y sintió que su alma arropaba la suya. Y se durmió dulcemente y le soñó.
Déjame tu estrella colgada en mi cielo para que cada noche me ilumine con la luz de tu alma.
viernes, 10 de abril de 2009
miércoles, 8 de abril de 2009
Capítulo 31 - El camino (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)
Aquella noche se le perdió el camino. Por más que buscó y buscó, la pequeña musa de alas de plata no fue capaz de encontrar por donde tenía que ir.
Tal vez fue porque cuando el alba le despertó aquella mañana algo había cambiado en el cielo y las huellas de sus pasos hacía el bosque se habían borrado.
Así, se puso a buscar donde nacen las flores malvas. Y también donde habitan los duendes que hacen la magia del amanecer. Y en el arroyo donde las ninfas bañan sus alas.
Pero aquel camino, aquel camino que sabía que tenía que seguir, parecía haberse borrado de su mundo, como si tal vez se hubiese marchado hasta el horizonte y se hubiese fundido en el calor de su atardecer para siempre.
Entonces se dio cuenta de que tal vez no había perdido ningún camino. Tan sólo no sabía, no recordaba, no conocía el camino que le llevaría hasta su sueño. Porque su sueño había partido aquel atardecer y su destino le era desconocido.
Y sonrió. Y lloró con lagrimitas de hilo de plata. Y por fin comprendió. Porque los sueños no importan donde vayan, donde moren. Si nos pertenecen nos esperan por siempre. Y por siempre nos muestran su camino.
Esta noche estarás una vez más en mis sueños. Y te encontraré siguiendo el aura de la luz de tu alma.
Tal vez fue porque cuando el alba le despertó aquella mañana algo había cambiado en el cielo y las huellas de sus pasos hacía el bosque se habían borrado.
Así, se puso a buscar donde nacen las flores malvas. Y también donde habitan los duendes que hacen la magia del amanecer. Y en el arroyo donde las ninfas bañan sus alas.
Pero aquel camino, aquel camino que sabía que tenía que seguir, parecía haberse borrado de su mundo, como si tal vez se hubiese marchado hasta el horizonte y se hubiese fundido en el calor de su atardecer para siempre.
Entonces se dio cuenta de que tal vez no había perdido ningún camino. Tan sólo no sabía, no recordaba, no conocía el camino que le llevaría hasta su sueño. Porque su sueño había partido aquel atardecer y su destino le era desconocido.
Y sonrió. Y lloró con lagrimitas de hilo de plata. Y por fin comprendió. Porque los sueños no importan donde vayan, donde moren. Si nos pertenecen nos esperan por siempre. Y por siempre nos muestran su camino.
Esta noche estarás una vez más en mis sueños. Y te encontraré siguiendo el aura de la luz de tu alma.
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