miércoles, 26 de noviembre de 2008

Capítulo 15 - El séptimo deseo (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Dedicado a todos aquellos que tienen un deseo que compartir.


Mientras paseaba por el bosque al amanecer, el hada azul encontró una botella de cristal.

Quitó el tapón de corcho para ver qué había dentro y entonces salió de ella un duendecillo de grandes orejas vestido con un traje de hojas de olmo.

"Hola hadita", le dijo el duendecillo.

"¡Hola!, ¿quién eres tú?, ¿qué hacías dentro de esta botella?", le contestó el hada.

Entonces le explicó que una bruja muy mala le había hechizado hacía muchos muchos años porque tenía envidia de su arte para la música y el baile. El maleficio era permanecer encerrado en aquella vasija hasta que algún ser mágico le liberase.

El duende estaba tan feliz que le concedió al hada azul siete deseos, todos los que podía conceder de una sola vez con su pequeña magia de gnomo.

El hada, loca de contenta, le dijo: "estos son mis deseos: que el mar siempre sea azul, que el sol siempre me bañe con su calor, que la luna me proteja cada noche con su influjo, que los olmos plateados del bosque nunca dejen de abanicarme para que no sienta el calor del verano, poder escuchar el agua del arroyo por muy lejos que me encuentre de él y, por último, sentir eternamente el aroma de las flores blancas de la montaña impregnado en mis alas".

"Pero sólo me has pedido seis deseos, y yo te concedí siete", dijo el duende.

"Sí, ya lo se, pero mi último deseo quiero echarlo al viento para que llegue hasta una estrella fugaz. Así podrá llegar a quién más lo necesite"...


Una noche de luna vi una estrella fugaz. Me guiño un ojo para que le pidiese un deseo, pero no lo hice. Así, le pedí que volase rauda hasta tu pedazo de cielo y así se lo puedas pedir tú. Mi deseo cada noche es que se cumplan todos los tuyos, todos los que habitan en tus sueños.

Capítulo 14 - Donde quiera que estés (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

A veces una canción triste se puede tornar esperanzadora si al final del camino encontramos un pañuelo de seda con el que enjugar nuestras lágrimas.


Donde quiera que estés,
te gustara saber
que por flaca que fuese la vereda
no malvendí tu pañuelo de seda
por un trozo de pan.
Y que jamás,
por mas cansado que
estuviese, abandoné
tu recuerdo a la orilla del camino,
y por fría que fuera mi noche triste,
no eche al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.
Por ti brilló mi sol un día
y cuando pienso en ti brilla de nuevo
sin que lo empañe la melancolía
de los fugaces amores eternos.
Dondequiera que estés,
te gustara saber
que te pude olvidar y no he querido,
y por fría que sea mi noche triste
no echo al fuego ni uno solo
de los besos que me diste.
Dondequiera que estés…
si te acuerdas de mi.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Capítulo 13 - El manojo de sueños (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Erase una vez un niño que coleccionaba sueños.

Desde que era un bebé guardaba cada sueño bonito que tenía en una cajita de latón que tenía en su cuarto. Algunas veces los cogía de nuevo y los metía debajo de la almohada para poder revivirlos esa noche. Luego los volvía a guardar celosamente para que no se perdiesen nunca jamás.

Pero cuando tenía un mal sueño abría las ventanas para que el viento se llevase la pesadilla hasta más allá de las nubes, donde la luna los trasforma en esas quimeras que sobrevuelan para siempre los tejados de la ciudad, esperando colarse por las chimeneas para morar para siempre en los corazones de los que las necesiten.

Así pasaron los años, y el niño tenía miles de sueños en su cajita. Por eso su alcoba olía a vainilla, como los sueños nuevos, y jazmín, como los más antiguos. Y por eso las paredes tenían el color de la escarcha del amanecer, porque la luna venía cada noche a bailar con ellos hasta el alba y poco a poco fue dejando todo impregnado de su reflejo.

Pero un día el niño se dió cuenta que era una pena que sólo él disfrutase de aquellas sensaciones tan hermosas, y pensó en cómo podía compartirlas con más gente.

Así decidió hacer un manojo con los más bellos sueños y meterlos en un botella. Y echó aquella botella al mar, para que las olas la llevasen a quien más necesitase de ilusiones.

Y desde entonces, cada vez que se sentía triste, hacía otro manojo de sueños para enviarlo por el mar. Y cuando paseaba por su playa siempre encontraba otra botella con los sueños que otro niño había lanzado a la inmensidad del océano para que él también pudiese sentirlos.



Déjame compartir tu sueño cada noche para que pueda tenerte por siempre en mi corazón.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Capítulo 12 - Alguna noche te iré a buscar para llevarte a las estrellas (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Aunque ella volvió esta noche para darme su calor, mi alma sentía la nostalgia del otro lado de la luna. Allí cada noche se refleja el viejo cadillac blanco que tantas veces he conducido sin rumbo. Y como alguien escribió una vez: "Alguna noche que se pueda guiar, convertible en la exosfera, aterrizaré en silencio, entre antenas, en tu azotea".


Siempre quise ir a L.A.,
dejar un día esta ciudad,
cruzar el mar en tu compañía.
Pero ya hace tiempo que me has dejado,
y probablemente me habrás olvidado.
No sé que aventuras correré sin ti.

Y ahora estoy aquí sentado
en un viejo Cadillac de segunda mano
junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad.
Y hace un momento que me ha dejado,
aquí en la ladera del Tibidabo,
la última rubia que vino a probar
el asiento de atrás.

Quizás el Martini me ha hecho recordar...
nena, ¿por qué no volviste a llamar?.
Creí que podía olvidarte sin más
y aún a ratos, ya ves.

Y al irse la rubia me he sentido extraño,
me he quedado solo, fumando un cigarro,
quizás he pensado, nostalgia de ti.
Y desde esta curva donde estoy parado
me he sorprendido mirando a tu barrio,
y me han atrapado luces de ciudad.

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras luce solitario.
Y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras luce solitario.

Y no estás tú, nena.

Capítulo 11 - Juanito (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Juanito era un niño muy listo y muy feliz. Siempre conseguía todo lo que le ansiaba.

Un día quiso subir a una nube y plantó una semilla de yedra que hizo germinar con polvos de magia de un hada amiga suya y creció tan alto que subió incluso hasta el sol.

Otro día quería llegar más allá del horizonte. Y un pirata llegó al puerto de la ciudad donde vivía y le llevó en su galeón hasta una isla que estaba mucho más allá de donde alcanzaba su vista.

Luego estaba tan cansado que quería echar una larga siesta. Morfeo se lo llevó con él a su cama de ébano y allí durmió durante días y días y soñó que volaba como un pájaro y que recorría el mundo entero.

Juanito tenía muchos amigos, y todos le querían mucho. Una vez, uno de ellos estaba muy triste y Juanito le cantó una canción muy bonita para que se alegrase, y su amigo ya nunca más volvió a sentirse angustiado.

Pero un día Juanito se levantó sin saber qué quería hacer. Y por más que pensó y pensó no se le ocurrió nada.

Se sentía desconcertado y hasta un poco asustado. No se atrevía a salir de casa sin saber adonde dirigirse, sin saber qué hacer.

Pero al final sintió que debía hacer algo que hacía mucho tiempo que no hacía, tanto que ya ni recordaba la última vez. Debía salir a la calle y dejarse llevar por un destino desconocido. Y aún con mucho recelo se fue a caminar sin ningún rumbo.

Ese día hizo muchas cosas que no había planeado antes. Cuando llego a casa por la noche estaba feliz, y durmió plácidamente, como cuando era un niño.

Capítulo 10 - La pequeña Lucía (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

La pequeña Lucía nació de una flor de jazmín. Estaba amaneciendo cuando aquella extraño jazmín de color rosa se abrió y una niñita con ojos de noche cerrada brotó de sus adentros. Por eso Lucía siempre tuvo un color rosado en sus mejillas y su pelo olía como las flores en los anocheceres de verano.

Una libélula de alas de plata la llevó a la ciudad para que viviese en una casita al lado del río. La casita tenía un jardín que la pequeña llenó de flores y arbustos, de tantos colores que todos los pájaros del bosque lo sobrevolaban cada día para admirarlo.

Un día Lucía decidió hacer una cometa. Quería hacer la cometa más grande del mundo, para poder volar sobre ella con todos sus amigos, que eran muchísimos.

Entonces fue al bosque para buscar los materiales. Para hacer el armazón le pidió al olmo milenario dos grandes ramos, y él le dio las más fuertes que tenía. Después sus amigas las arañas le tejieron una gran tela blanca, y su amigos los gusanos la cubrieron de seda. Y las mariposas que habitan en lo más alto de la montañas nevadas la envolvieron con su polvo de magia para que de la blanca seda surgiesen todos los colores del arco iris. Por último, las hadas tejedoras hicieron una cuerda tan larga que llegaba hasta las nubes que cubren las cimas más altas.

La pequeña Lucía no se dio cuenta de que pasaron muchos muchos años mientras estuvo construyendo su gran cometa. El día que terminó fue al espejo para peinar sus trenzas y de repente vio que se había convertido en una mujer.

No sabía si eso le gustaba mucho, pero aún así decidió celebrarlo haciendo un viaje con todos sus amigos del bosque. Y se fueron juntos a sobrevolar caminos y montañas, y llegaron hasta el mar.

Y al final del camino se encontró un amigo que no conocía. Pero nada más verle supo que serían amigos para siempre.

Entonces comprendió que aquella cometa fue la que le llevó hacia su destino. Y que su destino fue el que le llevó a hacer aquella cometa. Y a que pasaran los años. Y a que ella jamás sintiese que habían pasado.

Por eso Lucía era tan especial, porque aunque creció, su alma fue siempre la de aquella pequeña Lucía que surgió de una flor hace ya muchos muchos años.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Capítulo 9 - Rosita de los Vientos (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Rosita de los Vientos fue quién inventó el Arco Iris.

Un día, cuando era muy pequeñita, se cayó al suelo y se hizo una herida. Y, con su sangre, pintó una franja roja en el cielo para adornarlo.

Otro día se fue a una ciudad que tiene un castillo desde el que se ve el mar. Desde lo más alto divisó unos campos repletos de naranjos y limoneros, y con sus frutas decidió hacer millones de litros de zumo para colorear también el cielo.

De regreso a la isla donde vivía pasó por unos sembrados de trigales. El trigo todavía estaba verde, y era tan bello que decidió esparcirlo a los cuatro vientos para que se clavase en la nubes a modo de guirnalda.

Por fin llegó al puerto de donde zarparía de nuevo hacia su hogar. Se montó en su barquita y remó durante todo un día, y, ayudada por sus amigas las sirenas, esparció aquel agua de un azul intenso hasta tan alto que sus gotas se quedaron prendidas en las espigas del trigo a modo de rocío.

Llegó al anochecer. La luna se empezaba a esconder al otro lado de la montaña coloreando el cielo de un añil tan hermoso y brillante que decidió guardar un poco en una botella para esparcirlo al día siguiente y recordar así aquella noche para siempre.

Pero Rosita sabía que aquel bello lienzo que llevaba toda su vida pintando en el cielo estaba imcompleto. No sabía el motivo, pero estaba segura de que algo le faltaba para que fuese lo más bello que jamás se hubiese contemplado.

Sin saber por qué, Rosita salió una mañana a navegar, y algo le dijo que fuese a visitar la isla de las palmeras. Así que, sin pensarlo, puso rumbo hacía allí con su pequeña barquita. Y por fin allí hayó lo que buscaba.

Y desde entonces vive allí, en un mundo a medida que creó junto con aquel brujito que le ofreció el color que le faltaba para hacer plena vida.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Capítulo 8 - Yaakov, el Príncipe de las Sombras (EL LIBRO DE LOS PERSONAJES DE LA TIERRA DE LOS CUENTOS)

Yaakov gobernaba la extensa zona del bosque donde nunca jamás había llegado el sol. Era el señor de las sombras porque sólo él había nacido del eclipse de luna que, hace ya años, oscureció el reino de la Tierra de los Cuentos durante doce días y doce noches. Muchas criaturas del bosque sintieron miedo de que nunca más brillasen ni la luna ni el sol, y huyeron hacia lejanos lugares para no volver jamás. Pero cuando parecía que aquello iba a durar eternamente, una nueva criatura vino al mundo y con la luz que desprendía hizo de nuevo nacer el día y la noche.

Así, todos estuvieron de acuerdo en que Yaakov fuese para siempre el Príncipe de las Sombras, porque sólo él tenía el poder de dominarlas y hacer que aquellas zonas frías y oscuras se tornasen cálidas y amables a su paso.

De hecho no se equivocaron en su elección, porque Yaakov poseía el extraño don de la magia que viene del rocío blanco de la luna de invierno, que es la magia más pura y a su vez más poderosa que existe. Sólo unos pocos elegidos la poseen, porque la Luna sólo la concede a las almas que pueden usarla con buenos fines.

Desde entonces el bosque de olmos plateados cambió para siempre. Aquellos parajes sombríos por donde nadie se atrevía jamás a pasear porque el frío se clavaba en el alma se tornaron lechos de hojas frescas que invitaban a descansar a los caminantes.

Yaakov sigue viviendo en el bosque de olmos de la Tierra de los Cuentos. Un día llegó a su reino de las sombras un hada que trajo el viento desde muy lejos y se hicieron amigos para siempre. Y entre los dos, por siempre, siguen usando su magia cada noche para hacer de ese reino de sombras el lugar donde moren para siempre todos los rayos de luna.


Déjame un rayo de tu magia de luna para que me arrope cuando sienta frío en el alma.