ESTE CAPÍTULO ES PARA TODOS VOSOTROS. ELLA VOLVIÓ HOY Y ME CONTÓ QUE DEBÍA ESCRIBIRLO.
ESPERO QUE OS GUSTE. OS QUIERO.
Hace ya muchos años, el Hada del Anochecer se sintió muy triste una noche. Desde la torre más alta de su castillo de escarcha veía a lo lejos el bello bosque de olmos plateados y, allá arriba, como cada noche, su Luna le enviaba su halo de rocío blanco para que no se sintiese sola.
Pero esa noche se sentía más sola y desamparada que nunca. Aunque no comprendía por qué, sentía tristeza y desasosiego. Por su rostro azulado corrían pequeñas lágrimas tan saladas como el agua más profunda de la Mar.
Entonces recogió su largo pelo en dos grandes trenzas, se atusó sus alitas, y decidió dar un paseo en su unicornio blanco. Pensó que, tal vez, el frío del viento del anochecer congelaría sus penas igual que tornaba blanco el rocío de la mañana.
Cabalgó durante horas con su caballito mágico, cruzando el bosque de olmos, y llegó hasta la frontera del reino. Nunca antes había llegado hasta allí. Descubrió que el camino que ella siempre había pensado que acababa con el bosque, continuaba mucho más allá, y se tornaba en ese punto de un color oro viejo.
Vaciló unos minutos, porque siempre tenía miedo a lo desconocido, a la incertidumbre. Pero se sentía tan triste que olvidó sus miedos para aventurarse a lo desconocido. Y así se adentró en aquel camino luminoso, reflejado de luna, largo y misterioso.
Después de mucha noche, llegó a una montañita cubierta de genista. Las hojas de la retama eran verdes y amarillentas, y se entremezclaban con el viento mostrando un fastuoso paisaje a dos colores. El caminito dorado cruzaba entre los matorrales y llegaba hasta la cumbre. Y decidió cabalgar hasta la cima.
Y cuál no sería su sorpresa cuando descubrió que, tras aquella pequeña montaña, había una ciudad llena de luces de todos los colores del arco iris. Y estaba rodeada de mil pequeñas montañas más, como si fuese una fortaleza sólo amenazable por el cielo aún estrellado.
No sabía que le había llevado hasta allí, pero cuando vio la Ciudad de las Mil Colinas supo que era lo que estaba buscando. Aunque aquel lugar parecía una fortín infranqueable, no había nada que impidiese entrar y salir de él. Allí llegó huyendo de su bello castillo de escarcha, sin saber que se había convertido en una prisión para ella, y allí encontró algo distinto que hizo que sus lágrimas se evaporasen y se tornasen bruma blanca.
Estaba amaneciendo cuando entró por fin por la puerta que llevaba a la ciudad. Si le quedaba alguna duda, la luz del día las disipó todas. El sol brillaba por fin y calentó su alma. Nunca más volvería a sentir aquel frío agudo y doloroso.
Desde aquel día Hada ha vivido en el lugar donde le llevó su corazón.
Aunque, en realidad, fue su Luna la que le llevó allí, pero eso se lo confesó ella mucho tiempo después...
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