Tal vez nunca se fue. Tal vez siempre estuvo ahí. De hecho siempre me pareció sentirla cerca de mi, siempre notaba su calor de estío en todos los rincones de mi casa, siempre sentía su olor a aquellas flores blancas que tanto le gustaban y que nunca recuerdo como se llaman.
Por eso aquella noche cuando llamó a mi puerta tuve la sensación de que sólo había pasado un segundo desde la última vez que nos vimos.
Llevaba tantos libros en su maleta que parecía estar llena de plomo. Tantos como historias había vivido, y todos olian a sal porque una vez se mojaron con sus lágrimas. Algunos eran muy alegres, y entonces olian a lágrimas de emoción, y los más tristes sólo podían desprender el aroma de la tristeza infinita. Pero todos eran bellos y tenían un trozito de su corazón y el halo de su alma impregnada en cada página.
Me contó muchas muchas cosas, todo lo que le había pasado durante aquellos años en que se fue a vivir su vida. Pero aunque para mi todas aquello era nuevo era como si ya lo conociese. Tal vez es que alguna vez lo soñé.
Y así llegó el alba. Y aun seguimos charlando hasta que nos dormimos sin darnos cuenta.
Y Denise se quedó para siempre conmigo. Estaba escrito en el destino, porque ella es el amor de mi vida.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Quédate para siempre conmigo y así nunca más te soñaré ausente.
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