martes, 4 de agosto de 2009

El cuento de La Noche de los Sueños

Era la noche más calurosa del verano. Porque la luna se había hecho tan grande que su manto caldeaba toda aquella tierra.

En verdad muy pocos, tal vez sólo los más viejos, recordaban ese inmenso tamaño colgado en el cielo. Uno se acordaba de que hace muchos años caminaba por la senda que cruza el bosque de olmos y vio como se quemaba la genista.

Fue entonces cuando él se dio cuenta de que sus alas habían menguado. En realidad antes eran como de un dragón, y ahora apenas parecían de libélula. Y se asustó. Y lloró amargamente, como aquella vez que todavía era un niño.

Así caminó sin rumbo aquella noche que nunca acababa. Nunca tardó más en llegar el alba a aquella tierra en que los sueños viven en el viento. Y por más que trazaba el camino entre la maleza con sus pies descalzos, nunca veía amanecer detrás de la montaña.

Y se acordó una vez más de cuando todavía era un niño. Y tantos recuerdos se amontonaron en su cabeza que por un momento se le enturbió la vista y no pudo ver que llegaba al final del sendero que había dibujado. Y cuando por fin se calmó vio el río. Aquel río en el que le gustaba tanto acicalarse al anochecer.

Entonces se dio cuenta que no sólo sus alas se habían tornado infantiles. Tal vez aquella vez que sobrevoló la montaña y construyó una mañana prendiendo el sol con su aliento de fuego sólo fue un sueño. O tal vez estaba soñando ahora mismo. Así que se acicaló una vez más para sentarse a contemplar como por fin llegaba la mañana.


Nunca dejes de creer en tus sueños. Tal vez así siempre puedas vivir entre ellos.

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