Aquella noche se le perdió el camino. Por más que buscó y buscó, la pequeña musa de alas de plata no fue capaz de encontrar por donde tenía que ir.
Tal vez fue porque cuando el alba le despertó aquella mañana algo había cambiado en el cielo y las huellas de sus pasos hacía el bosque se habían borrado.
Así, se puso a buscar donde nacen las flores malvas. Y también donde habitan los duendes que hacen la magia del amanecer. Y en el arroyo donde las ninfas bañan sus alas.
Pero aquel camino, aquel camino que sabía que tenía que seguir, parecía haberse borrado de su mundo, como si tal vez se hubiese marchado hasta el horizonte y se hubiese fundido en el calor de su atardecer para siempre.
Entonces se dio cuenta de que tal vez no había perdido ningún camino. Tan sólo no sabía, no recordaba, no conocía el camino que le llevaría hasta su sueño. Porque su sueño había partido aquel atardecer y su destino le era desconocido.
Y sonrió. Y lloró con lagrimitas de hilo de plata. Y por fin comprendió. Porque los sueños no importan donde vayan, donde moren. Si nos pertenecen nos esperan por siempre. Y por siempre nos muestran su camino.
Esta noche estarás una vez más en mis sueños. Y te encontraré siguiendo el aura de la luz de tu alma.
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